Del 27 al 29 de octubre de 2006
en el Gimnasio de la Universidad Autónoma de Guadalajara

Justificación

Héroes y Santos

“...cui resistite fortes in fide.”
“Resistidle  firmes en la fe”. (I, San PedroV, 8-9)

Hay dos modos distintos de señalar el fin de la vida cristiana: primero, como fin último la gloria de Dios, y, segundo, como fin próximo la santificación del alma.
            Dar gloria a Dios, este es el principio y el fin de toda la creación. El mismo Hijo de Dios o Verbo Divino se encarnó para redimir al hombre sin otra finalidad que la gloria de Dios.
            Por lo cual, nos exhorta San Pablo a no dar un sólo paso que no esté encaminado a la gloria de Dios: “Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”. 1 Ya que, en definitiva, no hemos sido predestinados en Cristo más que para convertirnos perpetuamente en una alabanza de gloria de la Santísima Trinidad.
            Todo, debe subordinarse a este Fin Último: “Hacedlo todo para gloria de Dios”.2
            Después de la glorificación de Dios, y subordinado a ésta de una manera perfecta, la vida cristiana tiene por finalidad nuestra propia santificación. De tal forma, que todos estamos llamados a la santidad aunque en grados distintos.
           

¿En qué consiste propiamente la santidad?

  1. Consiste en vivir cada vez más el misterio de la presencia real de la Santísima Trinidad en nuestras almas.
  2. La santidad es la perfecta configuración con Jesucristo y nuestro espíritu.
  3. En la perfección de la  caridad, es decir, en una unión con Dios por el amor de modo perfecto.
  4. Es una perfecta conformidad de la voluntad humana con la Voluntad de Dios.

La vida interior del cristiano es una forma elevada de una conversación íntima que
cada uno tiene consigo mismo, aunque se esté en medio del ruido de las calles de una gran ciudad moderna. Cuando cesa la conversación con sus semejantes, el hombre inicia una conversación interior consigo mismo sobre cualquier cuestión que le preocupa. Dicha conversación varia según las épocas y las edades, la conversación del anciano no es la misma que la de un joven; también es muy diferente según que el hombre sea bueno o malo.
            Cuando el hombre busca con seriedad y honestidad la verdad y el bien la conversación íntima consigo mismo tiende a dirigirse en una conversación con Dios, y poco a poco, en vez de buscarse en todas las cosas a sí mismo,  en lugar de perseguir ser el centro de todo lo demás busca a Dios en todo y remplaza su egoísmo por el amor de Dios y por el amor de las almas en Dios.
            Por esto, lo único necesario que Jesús les decía a Martha y a María consiste en escuchar la palabra de Dios y vivir conforme a ella. 3
            De aquí, que la vida interior con Dios es lo único que puede ser tenido como algo necesario, pues por ella nos dirigimos hacia nuestro Último Fin, y por esta vida aseguramos nuestra salvación, la cual por ningún motivo nunca debemos separar de una progresiva santificación porqué ésta es el camino de la salvación.
            Desafortunadamente muchos piensan de la siguiente manera: es suficiente con salvarse; y no es necesario ser un santo. Es verdad que no es necesario ser un santo que haga milagros y cuya santidad sea oficialmente reconocida por la Iglesia, pero para ir al cielo es preciso emprender el camino de la salvación, y éste no es otro que el camino mismo de la santidad: en el cielo no se encuentran sino santos ya sea que éstos hayan entrado inmediatamente a  él después de su muerte, o que hayan tenido necesidad de pasar por el purgatorio.
            Una sola cosa es necesaria, escuchar la palabra de Dios y vivir según ella para salvar el alma. De tal forma ,que esta es la mejor parte, que nadie puede arrebatar al alma fiel aún cuando todo lo demás lo perdiera.
            Querer dejar a Dios de lado, conduce al hombre, a la miseria física y espiritual.
            Cuando el hombre no quiere someterse a sus deberes religiosos hacia Aquel que lo creó y es su Fin Último, y por otra parte siéndole imposible prescindir de la religión, se crea una religión a su antojo; pone a la ciencia, a la justicia social o en cualquier ideal humano, a su religión.
            Cuando los hombres quieren prescindir de Dios todo lo serio y honesto de la vida se desplaza.
            Por tal motivo, es evidente lo que dicen San Agustín y Santo Tomás de Aquino que idénticos bienes materiales, a diferencia de los espirituales, no pueden pertenecer íntegramente a muchos a la vez.
            Por el contrario, idénticos bienes espirituales pueden pertenecer simultánea e íntegramente a todos y cada uno. Sin limitarnos mutuamente podemos poseer en su totalidad la misma verdad, la misma virtud y al mismo Dios. Por eso dice nuestro Señor Jesucristo “Buscad primero el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”. 4
            Es indudable que el patriotismo exige el heroísmo cuando la patria esta en peligro, de igual modo es verdad que la santificación cristiana supone la heroicidad de las virtudes, esto es, que el cristiano debe estar dispuesto con el auxilio divino a sufrir el martirio, en el caso de encontrarse ante el dilema de renegar de su fe o morir por ella. Esta heroicidad es aún más necesaria para la salvación, y, con mayor razón, es un requisito para la santificación.
            Por esto se lee en el Evangelio “El que es fiel en las cosas pequeñas, lo es también en las grandes”. 5 “No temáis a aquellos que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma”. 6. “No os preocupe como os defenderéis ni que responderéis, porque el Espíritu Santo os enseñará, llegada la ocasión,  que es lo que habéis de decir”. 7  “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo, habrán de sufrir persecución”. 8
            La caridad cristiana, ordenada a asemejarnos a Cristo crucificado, a de aspirar, por la misma razón a la heroicidad de las virtudes. Lo que el amor de la patria exige en determinadas circunstancias, el amor de Dios y de las almas le imponen con mayor razón. La virtud común perfecciona al  hombre de un modo humano, la virtud heroica le da una perfección sobrehumana. 9
            La fe heroica es una fe cuyas principales características son su firme adhesión a los misterios más profundos de la fe, la prontitud en desechar el error y la penetración que comunica para poder contemplar de una sola vez todas las cosas a la luz de la Divina Revelación. Así es, como esta fe consigue la victoria en tiempos de persecución.
            La esperanza heroica hace que tendamos a Dios, objeto de la felicidad eterna contando para llegar a Él con los auxilios que nos ha prometido.
            Esta esperanza heroica se distingue por su invencible firmeza y en un abandono confiado acompañado de una constante fidelidad al deber. Esta confianza heroica de los santos se manifiesta también por sus efectos: sostiene el valor y mantiene el ánimo de los que con ellos viven y despierta el hambre y sed de justicia de Dios.
            La caridad heroica para con Dios se manifiesta, en primer lugar, en un ardiente deseo de agradarle. Amar de un modo heroico a Dios es querer, aún en medio de las mayores dificultades, que se cumpla su Santa Voluntad y que su reino se establezca definitivamente en las almas.
            San Francisco de Sales enseña que: la conformidad heroica con la voluntad divina se manifiesta cuando el alma acepta con amor todo lo que le sucede agradable o desagradable, como procedente de su voluntad o porque Él lo permite.
            La caridad hace que amemos al prójimo en Dios y por Dios. Hace también desear que el prójimo pertenezca totalmente a Dios y que le glorifique eternamente.
Por lo cual, el estudiar a fondo la vida de los santos y en el trato con ellos enciende al corazón; la inteligencia, iluminada por la fe, entiende con mayor claridad los grandes principios de la vida espiritual, y mejor los disfruta; y la voluntad auxiliada por la gracia, es arrastrada al ejercicio de las virtudes descritas de manera tan viva por los mismos que la practicaron al grado heroico.
Si reflexionamos sobre las vidas de los santos, se entenderán mejor las razones de imitarlos; y el modo y la fuerza irresistible de sus ejemplos dará mayor valor a sus enseñanzas, por lo cual, “Las palabras mueven, los ejemplos arrastran” .
A los santos debemos venerarlos, debemos invocarlos, son nuestros modelos: debemos imitarlos.
Debemos imitar sus virtudes. Ya que todos ellos laboraron por copiar en sí mismos los trazos del Divino             Modelo, y todos ellos pueden decirnos con San Pablo “Sed imitadores míos como yo lo fui de Jesucristo”. 10
La mayor parte de su vida la pasaron en el ejercicio de una virtud especial, que es como su virtud característica: los unos se aplicaron a la integridad de la fe, los otros a la esperanza o confianza o a la caridad; otros al espíritu de sacrificio, a la humildad, a la pobreza;  otros a la prudencia, la fortaleza, la templanza o a la castidad.
Los Santos vivieron en la misma condición de vida que nosotros, se emplearon en los mismos oficios y practicaron las virtudes en grado heroico.
Entendiendo así la devoción a los santos, es provechosa en extremo: los ejemplos de aquellos que tuvieron las mismas pasiones que nosotros, padecieron las mismas tentaciones, y, favorecidos con las mismas gracias, alcanzaron la victoria, son un poderoso estímulo que enardecerá nuestra dignidad, y hará que formemos enérgicos propósitos y trabajemos con constancia  en ponerlos como obra, sobre todo recordando aquellas palabras de San Agustín “¿Acaso tu no puedes lo que pudo éste?”. 11 Las oraciones de ellos pondrán la última mano en la obra y nos ayudarán a caminar sobre sus huellas.
El Señor nos propone como ideal de santidad la perfección misma de nuestro Padre celestial “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. 12
Por todo lo anterior se afirma, que la naturaleza de la vida cristiana es un combate en el que para triunfar son necesarias la vigilancia y la oración, la mortificación y el ejercicio positivo de las virtudes: “Velad y orad para que no caigáis en tentación”. 13
Habiendo de luchar no solamente contra la carne y la sangre, es decir, contra la triple concupiscencia, sino también contra los demonios que la atizan, es necesario, armarnos espiritualmente, y de pelear con bravura. Mas, en un combate muy largo, es casi seguro que seremos vencidos si nos mantenemos siempre a la defensiva; es preciso que también ataquemos, es decir, practicar positivamente las virtudes, la vigilancia, la mortificación, la fe y la confianza, como lo expresa San Pedro: “Sed sobrios, y estad en continua vela; porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros, en busca de pres que devorar.
Resistidle firmes en la fe, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, cuantos hay en el mundo”. 14
Por esto mismo nos dice San Pablo, cuando después de describir la lucha que hemos de sostener, declara que debemos estar armados de pies a cabeza como el soldado romano, “Ceñidos los lomos con la verdad, vestidos con la loriga de la justicia, calzados los pies, prontos a anunciar el Evangelio de la paz, con el escudo de la fe, el casco de la caridad y la espada del Espíritu Santo”. 15
Con esto nos demuestra que, para triunfar de nuestros enemigos, es necesario hacer algo más de lo estrictamente mandado, además de tener una constante vida sacramental, en especial, de la Sagrada Comunión.  Es necesario en nuestra época, en la que se respira un aire lleno de relativismo y nihilismo, la búsqueda de la santidad a través del cultivo de las virtudes teologales Fe , Esperanza y Caridad para la gloria de Dios y el bien de las almas.
”Por tanto, tengan listo su espíritu y estén alerta poniendo toda su esperanza en esta gracia que será para ustedes la venida gloriosa de Cristo Jesús. Si han aceptado la fe no se dejen arrastrar por sus pasiones como lo hacían antes, cuando no sabían. Si es santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta, según dice la Escritura: serán santos porque Yo soy santo”. 16
Dios a querido asociar de tal modo a María Santísima a la empresa divina de la redención y santificación del genero humano que sin Ella no sería posible lograrlas.

Para hallar la gracia de Dios hay que hallar a María, la Madre de Dios.

1 I Cor. X,31.
2 San Pablo Ibidem.
3 S. Lucas, X, 42.
4 S. Mateo, VI, 33.
5 S. Lucas, XVI, 10.
6 S. Mateo, X, 28.
7 S. Lucas, XII, 12.
8 II Timoteo III,12.
9 Cf. Santo Tomás de Aquino. Comentario sobre S. Mateo, V, lect. 1.
10 I Cor. IV, 16.
11 Confesiones. Libro VIII, c. IX.
12 S. Mateo, V, 48.
13 S. Mateo, XXVI, 41.
14 I S. Pedro V, 8-9.
15 Efesios VI, 14-47.
16 I S. Pedro I, 13-16.

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