Del 27 al 29 de octubre de 2006
en el Gimnasio de la Universidad Autónoma de Guadalajara

Relatoría Quinta Conferencia

Fecha:

Sábado 28 de Octubre

Hora:

9:30

Conferencia:

La Conversión como Camino de Salvación

Expositores:

Dr. Rafael Breide

Moderador:

Lic. Héctor Gómez

Relatores:

Dr. Flavio Mota Enciso
Lic. Ernesto Ávalos

LA CONVERSIÓN COMO CAMINO DE SALVACIÓN

Dr. Rafael Breide Obeid

Dios habla a los hombres por diferentes vías, tal y como lo ilustra el expositor de la presente disertación, en la cual nos propone los perfiles de algunos hombres que, en diferentes épocas y circunstancias, escucharon el llamado Divino y obedeciéndole encontraron el camino de su perfección.

El primero de los perfiles propuestos por el expositor debe ubicarse históricamente en los primeros siglos de nuestra era, en la persona de San Justino, “el filósofo que encontró la Verdad”.

Justino, de origen samaritano, como él mismo se calificaba, abrevó de la tradición filosófica griega –la cual careció de la Revelación, y sin embargo casi acarició la luz de la verdad– hasta que recibió el llamado por parte de un hecho aparentemente circunstancial.  Un día que paseaba junto al mar, meditando acerca de Dios, vio que se le acercaba un venerable anciano, el cual le dijo: “Si quiere saber mucho acerca de Dios, le recomiendo estudiar la religión cristiana, porque es la única que habla de Dios debidamente y de manera que el alma queda plenamente satisfecha”. El anciano le recomendó que le pidiera mucho a Dios la gracia de lograr saber más acerca de El, y le recomendó la lectura de la S. Biblia.
Así pues, en la Sagrada Escritura es que Justino encontró maravillosas enseñanzas que antes no había logrado encontrar, y a los 30 años se convierte en cristiano. Él gana la luz de la fe, y la cristiandad gana uno de sus primeros y principales apologistas, cuya importancia capital radica en que se sentaron las bases para una ulterior precisión de los dogmas teológicos y, consiguientemente, para la posterior aclaración de los conceptos fundamentales filosóficos usados para la Teología.

Convencido de que muchos paganos se convertirían si leían un libro donde se les comprobara filosóficamente que el cristianismo es la religión más santa de la tierra y de que era una grave obligación de los que están convencidos de la santidad de nuestra religión, tratar de animar a otros para que lleguen también a pertenecer al cristianismo, Justino se propuso recoger todas las pruebas que pudo y publicó sus "Apologías" en favor de la religión de Jesucristo. Recorrió varios países y muchas ciudades, discutiendo con los paganos, con los herejes y los judíos, tratando de convencerlos de que el cristianismo es la religión verdadera y la mejor de todas las religiones. Sin  ser sacerdote, sino simplemente un laico, en Roma fundó una de las primeras escuelas catequísticas cristianas que podemos designar  como los primeros estudios científicos del dogma.

Quiso poner a la filosofía al servicio de las creencias cristianas y llegó a afirmar que los mejores filósofos habían seguido, sabiéndolo o no, los dogmas cristianos. Trató de hacer una “síntesis” del cristianismo con la filosofía, pero quedando ésta subordinada a la fe. El modo como integró estas ideas en las creen­cias cristianas consiste especialmente en mos­trar que ya con las ideas de los filósofos puede conocerse la existencia de Dios, la in­mortalidad del alma y la naturaleza del bien. Pero, además, con estas ideas es posible ver la función del Logos como Hijo de Dios.
Pero Justino no sólo puso la luz de la razón al servicio del cristianismo, sino que llevó al extremo su profesión de fe conquistando las palmas del martirio.
En Roma Justino tuvo una gran discusión filosófica con un pensador llamado Crescencio, en la cual le logró demostrar que las enseñanzas de los cínicos (que no respetan las leyes morales) son de mala fe y demuestran mucha ignorancia en lo religioso. Crescencio, lleno de odio, al sentirse derrotado por los argumentos de Justino, dispuso acusarlo de cristiano, ante el alcalde de la ciudad. Entonces había una ley que prohibía declararse públicamente como seguidor de Cristo. Y además en el gobierno había ciertos descontentos porque Justino había dirigido sus "Apologías" al emperador Antonino Pío y a su hijo Marco Aurelio, exigiéndoles que si en verdad querían ser piadosos y ser justos tenían que respetar a la religión cristiana que es mejor que las demás.
Mientras que en otros la elocuencia de la palabra palidece ante la posibilidad de la efusión de sangre, en Justino y sus compañeros se magnifica, tal y como lo consignan las actas que se conservan acerca de su martirio:
Sí declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte…
“Estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo…
“Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo”.
Igual que a Anacleto González Flores, Patrón de esta Universidad, Dios le concedió la palma del triple testimonio: Vita, Verbo et Sanguine.
El segundo y tercer perfiles se confunden en una misma exposición que los entrelaza a pesar de mediar entre ellos cerca de diez siglos. Es la historia de un converso del Islam de nombre All Hosayin ibn Ghazur Al Hallaj, y su biógrafo, el P. Luis Massignon.
            En relación con el segundo habremos de decir que encontró la luz de la fe precisamente a través del estudio de la vida y obras del primero.
            Interesado en las culturas orientales, Louis Massignon, viaja a Argelia y se fue a vivir entre los beduinos del África francesa, adoptando sus vestidos, sus hábitos, sus costumbres y haciendo la vida de ellos. Comisionado para realizar una serie de excavaciones arqueológicas, el que antes era agnóstico se hizo creyente; después de quedar profundamente impresionado por la figura de la tradición del mártir Al-Hosayn Hallâj, a cuyo estudio dedicó su vida y el resto de su carrera como islamista. Realizó un estudio exhaus­tivo, inmenso, rigurosamente científico del místico árabe.
En 1908, viaja como arqueólogo a Mesopotamia donde fue detenido acusado de espionaje por la policía turca. Durante su arresto, sufre una decisiva crisis espiritual que le lleva de la tentativa de suicidio a la conversión. Recobrada la libertad Massignon regresa a Francia y comienza a trabajar en su tesis doctoral sobre el pensamiento de al-Hallâj trasladándose a continuación a Estambul y El Cairo.
Después de la Gran Guerra ejerce primero como profesor suplente y luego como titular en el Collège de France, cargo que compaginará con el de director de Estudios de la Sección de Ciencias Religiosas de la École Pratique des Hautes Études (EPHE) de la Sorbona hasta 1954.
Es uno de los más famosos islamistas europeos del siglo XX. Eminente intelectual católico, su obra tiene como eje fundamental a los hombres de todas las procedencias y civilizaciones, inspiración que despertó en él un profundo interés por los estudios transculturales. Además de su quehacer académico desarrolló una intensa actividad religiosa.
Luis Massignon es un verdadero sabio, aunque no muy conocido; sus obras son pocas pero monumentales. Su discípulo y amigo Herbert Mason pasó trece años compilando el trabajo, una dedicación que muy pocas obras han merecido a lo largo de la historia. La obra se ha mantenido como ejemplo máximo del modo en que la erudición occidental ha iluminado culturas ajenas, sin condescendencias ni distorsiones. Es un punto culminante de la investigación humanística de nuestro tiempo y un logro impresionante en el campo de los estudios islámicos. 

En cuanto a Al Hallâj habremos de decir que Castellani considera que su vida y obras son un milagro, y le llama un “gran poeta místico, gran predicador de la religión interior y del amor puro de Dios, y mártir de esa misma predicación el año 922 de Cristo y 309 de la hégira musulmana”:
De acuerdo con el expositor existe cierto paralelismo entre la figura de Al Hallâj y Jesucristo y narra: “Las acusaciones contra el místico árabe son numerosas y guardan una curiosa analogía con el proceso de Jesucristo. Se pueden reducir a tres cabezas: delitos comunes, delitos políticos y finalmente el gran delito religioso de «haberse hecho igual a Dios»…”
La primera acusación fue de haber hecho milagros públicos (probable­mente curación de enfermedades), acusación que se vuelve después “delito de magia negra” y por lo tanto iba contra el Corán.
También es acusado de rebelarse contra el poder político, sin embargo la acusación capital, que le acarreó la condena, era religiosa: herejía y sacrilegio: usurpar los derechos divinos del Imán, único competente para dirigir la predicación y el culto; ponerse por encima de toda autoridad temporal o espiritual; en fin, ponerse en el plano trascendente, en el plano de Dios.
El núcleo del proceso fue la unión mística con Dios (transformada en acusación de haberse hecho Dios), unión mística que el Cristia­nismo admite como posible, y también el Islamismo en sus esferas espirituales y esotéricas.
Cabe señalar que Al Hallâj es el continuador, el representante y la cumbre de una larga escuela de grandes ascetas y místicos, escuela que poco a poco había elaborado una complicada y refinada doctrina teoló­gica, apoyada en el Corán. No iba contra el Corán sino contra la masa de interpretaciones, comentarios y tradiciones humanas que rodeaban el Corán...
            El era islamita, y quería permanecer en la religión de sus padres, creía que Mahoma era profeta, el profeta de los árabes, y rogaba a Dios con pasión por la comunidad musulmana, como San Pablo por la comunidad israelita.
Conoce a Cristo solamente por el Corán y la tradición mística de la escuela de Tirmidhí: Cristo y María aparecen en el Corán a través de una dulce luz, luz tamizada de errores cierta­mente, pero no de irreverencias, como en el Talmud. El Corán niega que Cristo sea Dios naturalmente pero afirma que Cristo nació virginalmente de María por obra de Dios, aunque no es el hijo de Dios. ¿Creyó Al Hallâj que Cristo era Dios? Lo creyó de una manera implícita, con fe implícita, como dicen los teólogos.
La muerte de Al Hallâj fue refe­rida por escrito por un testigo presencial, su hijo Hamde: condenado como hereje por el dictamen de los juristas y sentenciado a muerte por el Califa Al- Moktadir, fue sacado de la prisión donde languidecía desde hacía 8 años y arrastrado al lugar del suplicio: «Le cortaron las manos y los pies, después de haberlo flagelado con 500 azotes...». Con sus muñones ensangrentados se embadurnó de sangre la cara, antes de que lo crucificaran… Vino la autorización del Califa para decapitarlo; pero como era tarde, lo dejaron para el otro día. Pasó la noche en la cruz y lo encontraron a la mañana todavía vivo. Dio un gran grito, recitó un versículo del Corán y le cortaron la ca­beza; vertieron petróleo sobre su cadáver, y lo quemaron. Las cenizas fueron dispersadas a los cuatro vientos desde lo alto de la Manaráh.
“Al Hallâj –dice Castellani– tuvo una suerte horrible; sin embargo la fe nos dice que no puede ser malo tener una suerte parecida a la de Jesucristo. Fue muerto por haber recibido quizás la «unión transformante», la muerte mística, aquello que San Pablo llama «ser arrebatado al tercer cielo»…”

El siguiente personaje que se pone a nuestra consideración es el de un macehual,  Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien surge de una mítica civilización de la América prehispánica que anhelaba la luz de la razón y del misterio. Una civilización que a la llegada de los españoles llevaba la muerte en el alma y lograba expresarla en sus imágenes religiosas.: “ningún arte –diría Germain Bazin, Conservador del Museo del Louvre– había previamente simbo­lizado con tanta fuerza el carácter inhumano de un universo hostil... es un caos de formas tomadas de todos los reinos de la naturaleza… para ellos el universo es un medio verdaderamente demoníaco".
Una cosmovisión a la que la angustia invadía el fondo de sus almas y estallaba en un frenesí destructor y asesino porque daban culto al demo­nio, homicida desde el principio y siempre empeñado en des­crear, suprimir el orden del universo, para apoderarse de la obra de Dios.
No obstante, Cristo era esperado en América, lo cual se percibe ya en sus leyendas y tradiciones, de acuerdo con las cuales Quetzatcóatl habría de regresar. Así fue como interpretaron la llegada de Cortés, en 1519.
Es en este contexto que la Siempre Virgen María de Guadalupe se dignó descender de los cielos para mostrase a Juan Diego, quien recibiera la luz de la fe a los 50 años a través de uno de aquellos maravillosos frailes evangelizadores, Fray Toribio de Benavente, “Motolinía”.
El “milagro de las rosas”, mediante el cual la Virgen pedía se le levantara un templo que sirviera para desde ahí brindar sus bendiciones, fue el germen de una gran estirpe.
¿Por qué el verdadero Dios, casi totalmente abolido de la conciencia de esos hombres, quiso manifestarse por medio de María e iluminar con una luz que no se ha apagado al pueblo sentado en las sombras de la muerte? Para responder a esta pregunta hay que recordar la afirmación de San Pablo: Dios hace so­breabundar la gracia precisamente allí donde abunda el pecado.
Seguramente eso fue lo que motivó a que el Papa Benedicto XIV, al recibir la información com­pleta de las apariciones en el Tepeyac expresara: "Non fecit taliter omni nationi" (No hizo Dios cosa igual con ninguna otra nación).

El último de los personajes es Eugenio Soli, gran rabino de Roma. De origen polaco.
Se hace amigo de un niño cristiano de nombre Estanislao y en su casa ve un Cristo y al preguntar a sus padres y sacerdotes judíos quién es Cristo, solo le dicen que se dedique al estudio judío lo cual por supuesto no le satisface.
Estudia para rabino, pero no le satisface por ser muy casuística.
Estudia las profecías que hablan sobre la venida de Cristo.
Llega a ser gran rabino de Roma.

Durante la época de conflictos previos a la II Guerra Mundial es perseguido, pero es protegido por el Papa Pío XII y es asilado en un convento carmelita; al tiempo pide su conversión al cristianismo. Se le pide que renuncie al rabinato y cuando lo iba a hacer es perseguido por sus propios correligionarios. Finalmente es bautizado y emprende una importante obra en defensa de la Iglesia. Muere en la extrema pobreza.

 

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